Sol y luna.

Mi vida transcurre cuando se apaga el sol. Parece como si este astro y yo no pudiéramos ponernos de acuerdo. Cuando llega la primavera y él comienza a salir antes, aunque de forma asustadiza, yo decido levantarme más tarde con tal de evitarlo. Parece como si mi reloj biológico prefiriera la luz tenue de la luna antes que la mayor candidez del sol. Pues para mí lo más fascinante es buscar esa candidez en su ausencia. Ya sé que puede sonar contradictorio, pero ¿qué no lo es hoy en día?
Mis amigos constantemente me preguntan porque vivo de noche, que en las noches aún hace frió y que las cosas no se observan con la misma intensidad.
Yo siempre les respondo que no es la intensidad lo que me atrae de las cosas, sino su supervivencia. Que sean capaces de verse igualmente bien con tan poca luz es algo que me fascina. Además no hay que despreciar nunca el poder de la luna.
Bajo la luna siempre ocurren cosas imprevistas, parece como si su oscuridad sirviera de manto para todo aquello que no queremos compartir con los otros. Si lo pensamos bien, las mejores cosas siempre pasan cuando cae el sol, grandes pasiones, fiestas nocturnas con amigos, fabulosos paseos, etc.
Una vez pensé que mis grandes equivocaciones las había cometido durante las noches y que siempre trataba de corregirlas por las mañanas. Por ese motivo comencé a odiar las noches, a tratar de evitarlas y desear ser una persona vulgar que solo vive de 8 a 8 de la tarde. Pero me di cuenta de que eso no era vivir, de que mis equivocaciones eran parte de mí, de mi naturaleza humana, de mi capacidad para ser imperfecta.
Volví a desear aquello que me ofrecía la luna, volvía a desear los colores tenues de la noche y la pasión vivida en todos mis errores. Encontré de nuevo la candidez en aquella oscuridad, encontré otra vez miles de abrazos, millones de paseos, y por supuesto encontré nuevos errores…pero estos ya no trato de corregirlos cuando sale el sol, puesto que he decidido vivirlos como lo que son: parte de mí.






