Un viaje en metro

Un día mientras viajaba en el metro, como tantos otros días, se sentó juntó a mí una chica.
Durante el comienzo de nuestro viaje ni siquiera me fijé en su presencia. Como siempre estaba enfrascada en la lectura de un libro, al cuál comenzaba a detestar puesto que aunque me había interesado mucho al principio como pasa con casi todas las historias, no había conseguido mantener mi atención. En aquellos momentos era completamente ajena a lo que ocurría a mí alrededor, simplemente estaba absorta en mis propios pensamientos sobre cómo iba a terminar aquella historia y sobre lo ridículo e increíble que me resultaba el personaje principal.
Sin embargo, en aquel momento comencé a notar un olor especialmente familiar. Algo que siempre me ha fascinado del sentido del olfato, es su incapacidad para recordar olores sin la presencia del estímulo necesario y lo fácilmente que relacionamos esos olores con otro tipo de recuerdos. Siempre me ha interesado, cómo somos capaces de recordar un color, una sensación táctil, un sabor o el sonido de una voz. Pero no podemos recordar un olor si este no está presente.
Pues bien ese olor, olor a moras parecido al olor que tienen las golosinas que comen los niños, ya lo había olido antes.
Existe la creencia de que, debido a la transpiración de nuestro cuerpo, un mismo perfume huele de forma distinta en cada uno de nosotros. ¡Pero es que esa chica olía de la misma manera!
Comencé a mirarla extrañada, puesto que supuse que ya la había conocido antes. Ella ni siquiera se dio cuenta de que la miraba, cosa bastante rara ya que no había prácticamente espacio entre las dos.
Cada vez me resultaba más interesante la situación, y a medida que pasaban los minutos me fui dando cuenta de que ella tampoco estaba muy receptiva a lo que ocurría a su alrededor.
Las paradas de metro iban pasando, una a una, y ella ni tan solo levantaba la mirada para saber en que punto de su viaje se encontraba. Lo cual era verdaderamente extraño, ya que todos los que viajamos en transporte público lo hacemos. Solemos evitar encontrarnos con las miradas de otros (como cuando uno va en un ascensor, fijando la mirada en la puerta o en el suelo del mismo) mirando hacia un punto fijo, o como yo suelo hacer, leyendo un periódico o un libro. Pero sin poder evitarlo y aunque estemos muy metidos en nuestras lecturas, cuando se detiene el metro todos miramos los carteles de señalización de las vías para saber con certeza dónde estamos y cuánto nos queda para llegar hasta nuestros destinos.
Pero esa chica no lo hacía, no levantaba la cabeza ni un segundo. Tenía la mirada perdida en el suelo del vagón y el pelo le cubría toda la parte de la cara que yo podía ver. Comencé a intranquilizarme, mi parada se acercaba y no llegaría a tiempo a saber quién era esa chica y por qué su olor me era tan sumamente conocido.
Casi a punto de llegar a mi destino, en mi desesperación por conocer la respuesta hice un amago de levantarme. Pretendía colocarme enfrente de ella para poder verla bien. Pero antes de que pudiera ni siquiera moverme, hizo un gesto brusco y se apartó el pelo de la cara colocándolo sobre el hombro. En ese preciso momento, me di cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas se le deslizaban por las mejillas y caían sobre sus pantalones vaqueros, dejando en ellos una pequeña marca redonda.
Entonces el vagón se detuvo. Era mi parada. Me levanté del asiento y me dirigí hacia las puertas, no sin antes echarle un último vistazo a la chica. Volví a oler su perfume y me di cuenta de que era muy parecido a uno que yo tenía y que solía utilizar mucho.
Entonces encontré mi respuesta, ese olor no era más que la suma de aquel perfume y las lágrimas de una mujer. Por eso me resultaba tan familiar, por que olía a lo mismo que yo…

4 Comments:
Leyendo tu comentario he recordado que una vez pensé en cuál de los sentidos era más esencial y cuál más prescindible. Llegué a la conclusión de que había unos sentidos necesarios (vista, oído) y otros "hedonistas", gusto, olfato y tacto. Pienso que valorar estos sentidos por encima de los "necesarios" es lo que nos hace más sensibles y receptivos al mundo que nos rodea. Por cierto, yo también elijo el olfato.
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LoveSick, at 5:10 p. m.
Sorprende que el olfato sea memoria. Recuerdo, por ejemplo, noches ardientes con mujeres que desaparecerían para siempre de mi vida dejando su olor en mi cuerpo. Recuerdo amistades, amores y lugares (ciudades por su aroma)...
Curioso, que el gusto requiera del olfato; gracias a esa mezcla sabemos que las lágrimas son, a la vez, saladas y dulces.
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pk, at 12:21 a. m.
Lo increíble es cómo un olor puede despertar tantos recuerdos, y sobretodo cómo esos recuerdos pueden ser totalmente vividos. El olfato está directamente relacionado con las emociones, puede crear una atracción irremediable o el más grande de los rechazos.
Es especialmente interesante cómo podemos recordar a una persona que está lejos de nosotros, porque nuestro cuerpo huele a ella.
A mí personalmente hay una frase que me encanta y que solo he pronunciado una vez: Mi pelo todavía huele a ti.
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loveless, at 1:10 a. m.
Really amazing! Useful information. All the best.
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Anónimo, at 6:58 p. m.
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