¿Compartimos un taxi?
Era una noche como cualquiera, mi amiga me había suplicado que nos viéramos en el centro, que necesitaba verme, que pronto se marcharía y que quería que pasáramos las últimas horas que estaría en la ciudad, juntas.
El reloj de mi ordenador marcaba la una de la madrugada, había estado toda la tarde escribiendo, tenía los ojos cansados y la espalda me molestaba por haber pasado horas sentada en la misma postura. Aún no había terminado de escribir pero me encontraba en uno de esos momentos en los que parecía que por mucho que escribiera nada iba a acabar de convencerme del todo.
Así que en estas condiciones, decidí que era más provechoso hacer aquel viaje al centro y disfrutar de aquella compañía. Pensé que con la hora que era aún tenía tiempo para coger uno de esos autobuses nocturnos, que tantas otras veces me habían devuelto tras interminables horas de pasión a la fría realidad de mi vida normal.
Me dirigí a la parada y observé que según los horarios marcados solo faltaban 10 minutos para que pasara el último coche. Menuda suerte- pensé.
Comencé a esperar el autobús sola, con la única compañía de la música de mi mp3 cuando de repente apareció él. Era un hombre bajito, moreno con el pelo corto y una gran sonrisa que me dedicó nada más llegar a la parada. Vestía una camiseta blanca, chaqueta de lana negra y vaqueros. Tímidamente me preguntó si aún pasaba algún autobús por allí. Le dije que sí que según el horario no faltaría mucho para que llegara el último. Bueno, pues esperaremos juntos- contestó y volvió a dedicarme otra sonrisa.
Mientras los minutos pasaban, yo no podía dejar de mirarlo. Observaba su ropa, su manera de moverse y al mismo tiempo no podía dejar de pensar en que pronto pasaría el autobús y ya no podría mirarlo más.
Con una estúpida excusa, como la de pedirme fuego, comenzamos hablar. Pareció como si el tiempo se detuviera, hablamos de arte, de otras ciudades, de otros países, de las diferencias culturales y porqué no de nosotros mismos. Cada palabra que salía de su boca lo hacía más tractivo ante mis ojos. Comencé a notar una atracción inmensurable que me recorría y que ya hacía bastante tiempo había dejado de sentir. En aquellos instantes, en los que yo me regodeaba en aquellas emociones olvidadas, fue cuando sonó el teléfono. Era mi amiga, extrañada por no haber acudido a nuestra cita. Entonces miré el reloj del móvil (no suelo llevar reloj de pulsera) habían pasado más de 50 minutos y casi no lo habíamos notado. Habíamos creado una especie de burbuja con nuestra conversación y nuestras miradas, que había hecho que nos olvidáramos de cual era nuestro destino.
Devuelta de nuevo a la realidad, le comenté a mi acompañante la hora que era y que posiblemente por allí ya no pasarían más autobuses. Él me ofreció una posibilidad diferente, si pasaba algún taxi lo compartiríamos. En ese momento una mujer de la que no nos habíamos percatado detuvo el único taxi que por allí pasaba. Decidido se dirigió hacia ella y le preguntó ¿te importa si compartimos el viaje? No llegué a escuchar las palabras de aquella mujer pero él me hizo una señal con la cabeza y me dirigí al taxi.
Me encontraba en una situación cuanto menos extravagante, ya que estaba sentada en un coche con dos personas que no conocía. Pero no me importaba, no me sentía insegura y realmente no quería pensar en las consecuencias de esa acción, tan solo quería disfrutar de su compañía.
A los cinco minutos de viaje, se giró hacia mí y me dijo:
–Por cierto, me llamo Sebastián.
Me dio dos besos en las mejillas y respiré aliviada, ya que el objeto de mi deseo tenía un nombre al que poder referirme. Y era un nombre no muy corriente como si fuera un nombre destinado sólo a personas como él.
Durante el viaje, que para mí duró apenas unos minutos, seguimos nuestra interesante conversación detenida por el sonido de mi móvil. Y yo disfrutaba de nuestra mayor proximidad física.
De pronto, el taxi se detuvo. Él había llegado a su destino pero yo aún debía recorrer más trayecto para recoger a mi amiga. Cuando salió del taxi, no pude evitar poner una de esas miradas tristes de los anuncios de mascotas. No sabía como podía hacerle saber que no quería que aquello terminara ahí. Entonces volvió a meter la cabeza en el coche y se despidió de mí con un bonito beso en los labios y un:
- volveremos a compartir un taxi.
El reloj de mi ordenador marcaba la una de la madrugada, había estado toda la tarde escribiendo, tenía los ojos cansados y la espalda me molestaba por haber pasado horas sentada en la misma postura. Aún no había terminado de escribir pero me encontraba en uno de esos momentos en los que parecía que por mucho que escribiera nada iba a acabar de convencerme del todo.
Así que en estas condiciones, decidí que era más provechoso hacer aquel viaje al centro y disfrutar de aquella compañía. Pensé que con la hora que era aún tenía tiempo para coger uno de esos autobuses nocturnos, que tantas otras veces me habían devuelto tras interminables horas de pasión a la fría realidad de mi vida normal.
Me dirigí a la parada y observé que según los horarios marcados solo faltaban 10 minutos para que pasara el último coche. Menuda suerte- pensé.
Comencé a esperar el autobús sola, con la única compañía de la música de mi mp3 cuando de repente apareció él. Era un hombre bajito, moreno con el pelo corto y una gran sonrisa que me dedicó nada más llegar a la parada. Vestía una camiseta blanca, chaqueta de lana negra y vaqueros. Tímidamente me preguntó si aún pasaba algún autobús por allí. Le dije que sí que según el horario no faltaría mucho para que llegara el último. Bueno, pues esperaremos juntos- contestó y volvió a dedicarme otra sonrisa.
Mientras los minutos pasaban, yo no podía dejar de mirarlo. Observaba su ropa, su manera de moverse y al mismo tiempo no podía dejar de pensar en que pronto pasaría el autobús y ya no podría mirarlo más.
Con una estúpida excusa, como la de pedirme fuego, comenzamos hablar. Pareció como si el tiempo se detuviera, hablamos de arte, de otras ciudades, de otros países, de las diferencias culturales y porqué no de nosotros mismos. Cada palabra que salía de su boca lo hacía más tractivo ante mis ojos. Comencé a notar una atracción inmensurable que me recorría y que ya hacía bastante tiempo había dejado de sentir. En aquellos instantes, en los que yo me regodeaba en aquellas emociones olvidadas, fue cuando sonó el teléfono. Era mi amiga, extrañada por no haber acudido a nuestra cita. Entonces miré el reloj del móvil (no suelo llevar reloj de pulsera) habían pasado más de 50 minutos y casi no lo habíamos notado. Habíamos creado una especie de burbuja con nuestra conversación y nuestras miradas, que había hecho que nos olvidáramos de cual era nuestro destino.
Devuelta de nuevo a la realidad, le comenté a mi acompañante la hora que era y que posiblemente por allí ya no pasarían más autobuses. Él me ofreció una posibilidad diferente, si pasaba algún taxi lo compartiríamos. En ese momento una mujer de la que no nos habíamos percatado detuvo el único taxi que por allí pasaba. Decidido se dirigió hacia ella y le preguntó ¿te importa si compartimos el viaje? No llegué a escuchar las palabras de aquella mujer pero él me hizo una señal con la cabeza y me dirigí al taxi.
Me encontraba en una situación cuanto menos extravagante, ya que estaba sentada en un coche con dos personas que no conocía. Pero no me importaba, no me sentía insegura y realmente no quería pensar en las consecuencias de esa acción, tan solo quería disfrutar de su compañía.
A los cinco minutos de viaje, se giró hacia mí y me dijo:
–Por cierto, me llamo Sebastián.
Me dio dos besos en las mejillas y respiré aliviada, ya que el objeto de mi deseo tenía un nombre al que poder referirme. Y era un nombre no muy corriente como si fuera un nombre destinado sólo a personas como él.
Durante el viaje, que para mí duró apenas unos minutos, seguimos nuestra interesante conversación detenida por el sonido de mi móvil. Y yo disfrutaba de nuestra mayor proximidad física.
De pronto, el taxi se detuvo. Él había llegado a su destino pero yo aún debía recorrer más trayecto para recoger a mi amiga. Cuando salió del taxi, no pude evitar poner una de esas miradas tristes de los anuncios de mascotas. No sabía como podía hacerle saber que no quería que aquello terminara ahí. Entonces volvió a meter la cabeza en el coche y se despidió de mí con un bonito beso en los labios y un:
- volveremos a compartir un taxi.

9 Comments:
Ojalá la casualidad esté de vuestro lado y puedas compartir muuuuchos más viajes como este..
Un besote!
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Anónimo, at 9:26 p. m.
Qué rico. Nada como esas primeras miradas, caricias discretas e inseguras, para reivindicar este mundo...
Me declaro fan de los amores de una tarde-noche.
Un abrazo.
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pk, at 3:25 p. m.
gracias idun, yo también lo espero.
un beso
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loveless, at 1:08 p. m.
Algo parecido me pasó.
Pero no llegué tan lejos como la protagonista de tu relato.
Un saludo.
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Darío Zetune, at 8:37 p. m.
Serch quizás el el próximo viaje te ocurra, no dejes pasar la oportunidad de compartir un taxi.
Un beso
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loveless, at 12:38 a. m.
Muy adecuado y muy cierto el nombre de tu blog
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Unknown, at 11:52 p. m.
Esas cosas son las que hace que vivir merezca la pena...
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Lunarroja, at 11:23 a. m.
A mí nunca me ha pasado eso :-( Igual estoy levantando la mano para parar a uno ;-)
Bonito y melancólico relato...
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Anónimo, at 12:29 p. m.
WOw! Creo que si hubieras pedido su numero probablemente se perdería toda la magia, pero de repente parece mucha ficción, lo cual lo hace mejor aun. A mi me paso algo similar hace un par de años en la ciudad de México, sigo sin "compartir el taxi" de nuevo, je. buen blog.
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Paiki, at 12:43 a. m.
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