Aquellas noches

Los primeros rayos del sol se deslizaban con suavidad por la habitación, incidiéndose sobre su cara, clavándose en su alma como pequeñas astillas que se quedarán junto a ella para siempre.
La claridad del día rompía el idílico silencio, mientras, la frialdad se fundía al contacto con la luz.
Entonces comenzó a llorar, trató de ocultarse tras la blanca colcha que cubría la cama, intentando escapar del día y se dejó envolver por la melancolía. Entones, decidió levantarse y anduvo apoyada en las paredes de la habitación hasta que cayó al suelo casi sin respiración.
Los celos se hacían dueños de sus pensamientos, ecos de la traición que la hacían enloquecer. Ello la condenó a la soledad eterna, sin más esperanza que el tiempo o la muerte, haciéndole olvidar la belleza humana, el calor de un beso o los secretos que se ocultan tras caricias y miradas.
Una vez más, la luz del día había hecho desaparecer su recuerdo y volvió a sentir aquel dolor que tanto la atormentaba. Él, que durante horas la abrazaba, que se mostraba frío y distante mientras ella disfrutaba de su paz y dormía anestesiada por su aroma. Ese al que tanto ansiaba, comenzaba a desvanecerse con los primeros rayos de luz.
Pensó desolada en el tiempo, que testigo de su dolor, la cautivaría hasta el anochecer. Sentía cómo su piel se desgarraba cada vez que un haz de luz se posaba sobre ella arrancándole su felicidad.
Entonces comenzó a notar que el despertar del día iba haciéndose cada vez más lento, que dejaba de escuchar los sonidos provenientes de la calle y que comenzaba a oír un pequeño sonido irregular. Decidió aprovechar la oportunidad que le brindaban esos segundos de paz para correr todas las persianas de la casa y quedar de nuevo al amparo de aquella oscuridad.
Era uno de esos días de verano en los que las noches se retrasan sin compasión. Ella había permanecido en la oscuridad de su hogar durante horas, esperando que llegara la noche, esperándolo (como todas las demás noches) a él.
Con la llegada de la noche decidió partir. Salió de casa en dirección a la playa. Una vez en aquel lugar, respiró profundamente inundando sus pulmones de la magia que le rodeaba y extendió sus brazos hacia el vacío.
Entonces dio el paso que la llevaría a la eternidad, sintió como el mar se apoderaba de su cuerpo desnudo y su vida se escapaba con cada gota de agua salada que entraba en sus pulmones.
Entonces se limitó a sonreír y pronunció un "te quiero" que tan solo la noche pudo oír.
Dedicado a I.

5 Comments:
Uy! si estuvo fuerte el relato. Más cuando uno lo vivencia, menos el final...
Aunque ese "te quiero" también lo pronuncio aunque esa persona no me escuche... quizá sea lo más trágico del asunto.
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Darío Zetune, at 7:38 p. m.
"Una vez en aquel lugar, respiró profundamente inundando sus pulmones de la magia que le rodeaba y extendió sus brazos hacia el vacío"
Me ha encantado esa imagen...como alcanzando por fin, la sensación de libertad que le había robado la soledad de la noche...
Ojalá abriese los ojos y gritara más fuerte el te quiero desde la orilla..
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Anónimo, at 12:18 a. m.
No hay duda. Las mujeres son hermosas. Simplemente...
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Anónimo, at 6:48 p. m.
las mujeres...
y los hombres también...
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Darío Zetune, at 5:40 p. m.
Greets to the webmaster of this wonderful site! Keep up the good work. Thanks.
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Anónimo, at 6:58 p. m.
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